De trenes, realismos y reformismos
1. Esta pasada semana se ha consolidado lo que ya podemos considerar un colapso perpetuo en la ciudad. A pesar de ello, no he podido leer todavía ningún juicio radical al respecto. Y por radical no entiendan ustedes “extremo” si no más bien “profundo”, un acudir-a-la-raíz de lo que acontece. Parece que la domesticación ha surtido los efectos deseados. Pueden jodernos impunemente cuantas veces quieran. Les sale gratis. Como mucho, se escuchan lamentos que aducen que “la gente no necesita que el AVE llegue el 21 de diciembre a Barcelona”, y que sólo dan a entender que el electoralismo, esto es, las prisas y las ganas de hacerse la foto, ha motivado el desastre. En realidad, es mucho peor que eso: la gente no necesita el AVE para nada. Sobra cualquier complemento circunstancial de tiempo o espacio. Ni el 21 de diciembre ni el 2 de abril. Ni en Barcelona ni en Pozuelo. Por culpa de este “situarse en el mapa” de las ciudades del sur de Europa, formar un “eje mediterráneo” y demás eufemismos que tapan el verdadero propósito –mover ejecutivos a toda pastilla, según requiere el Dinero-, se ha descapitalizado el ferrocarril verdaderamente práctico. Ahora las personitas transitan penosamente durante dos largas horas una franja costera de quince kilómetros. Más les valdría llegar a lomos de una mula.
2. Volvemos con Naomi Klein, que anda de promoción en estos días y en consecuencia habla mucho y en muchos foros. En una entrevista con Kenneth Whyte, responde de este modo a una ristra de inquisiciones:
¿Así que tú estarías contenta con una economía de mercado si ésta distribuyera mejor la riqueza?Honestamente, no creo que el plano en el que se mueven algunos críticos del actual sistema, especialmente los anglosajones, con este método de “nadar y guardar la ropa” esté ayudando en nada a la pelea por un mundo algo menos cabrón. Todo este montaje de crítica desde dentro es un tremendo galimatías para aquellos que, después de esclarecer que no están de acuerdo con la realidad que se les impone, intentan definirse en algún sentido (hacia la asimilación y el cinismo o hacia la contestación). En concreto, no se puede criticar el liberalismo, el neoliberalismo y todas estas formas de economía de mercado conocidas cuando uno se muestra de acuerdo con la estructura del sistema económico que permite todas esas modalidades de depredación. ¿Qué garantiza que un sistema de mercado bien regulado pueda impedir la proliferación de nuevas prácticas similares? Keynes diseñó instituciones reguladoras que, como todo lo que supone más burocracia, más control y más estado, fue invadido de inmediato por las formas víricas del capital: lobbismo, elitismo universitario y dominación corporativa. ¿Qué nuevas reformas se proponen para terminar con todo esto? ¿Una vuelta a unas instituciones "puras"? ¿Gente Buena que nos gobierne (no como estos neocones, que son malos de co…)? ¿Cuántas veces más estamos dispuestos a cometer el mismo error? ¿Porqué esa reticencia a un crítica antiestatista? ¿Qué tiene de "realista" proponer la restauración de lo que ha fracasado mil veces en mi lugares diferentes? ¿Estamos dispuestos a seguir con las "reformas" realistas con el pueblo como conejillo de indias?
Desde luego que sí
He intentado descubrir tus tendencias políticas y no he podido
Mira, creo que va a haber muchos izquierdistas radicales que se desilusionarán al comprobar lo Keynesiano que es este libro.
¿Eres una defensora Keynesiana de la economía mixta?
Creo que soy una realista.
¿Has participado alguna vez en política?
No, yo voto al NDP (New Democratic Party).
3. Igualmente, salgo escamado de la lectura de una entrevista reciente con Santiago Alba, cuyos posicionamientos, todo sea dicho, suelo admirar y compartir cada vez menos. El pensador define esto que algunos llaman nostálgicamente “la lucha” de la siguiente forma: "el proyecto emancipatorio debe ser revolucionario en lo económico, reformista en lo político y conservador en lo antropológico". Parece que hay un cierto consenso en la izquierda de que hay que reformar Lo Político. Desde luego, esta distinción entre Lo Político y Lo Económico no puede hoy reconocerse en ninguna otra parte más que en el machihembrado ideológico del Socialismo del Siglo XXI, impulsado por los mal llamados “caudillos” latinoamericanos (a saber porqué son considerados más “caudillos” que los gobernantes de por aquí: la etiqueta siempre me ha parecido un exotismo supremacista). En el resto del globo, esta diferencia ha sido borrada. En Venezuela, en Bolivia y en ecuador se vuelve a creer, a la vieja usanza, que el Estado manda sobre la Economía. Un poco como el planteamiento teórico de la primera socialdemocracia. Que se pueden mantener servicios públicos deficitarios (¿cómo demonios se puede concebir una sanidad y una educación “rentables”?) y que se puede regular la propiedad (con expropiaciones, impuestos y limitaciones varias). Sin embargo, me hace bastante "gracia” –no cabe hablar de “decepción”- que un pensador radical como Alba crea que esa vieja teoría económica es “revolucionaria”. Parece más bien una forma de amoldar la realidad actual en los viejos esquemas. Da la impresión de que lo de Venezuela “tiene que ser” revolucionario porque en caso contrario no deberíamos estar defendiéndolo. En cualquier caso, se califica lastimosamente como “revolución” por puro contraste, pues no se entiende que un capitalismo social muy similar al que se impuso en Europa en la época de posguerra pueda ser acogido hoy con semejante alborozo. Podemos considerar su padecimiento más grato, y reconocerlo moralmente muy por encima del régimen económico que se nos ha impuesto aquí: por lo que a mí respecta, no tengo ningún reparo en admitirlo… por lo menos en aquello, en el reformismo socialdemócrata latinoamericano, hay algún valor y alguna idea de finalidad, no como en este absurdo que aquí nos gobierna. Pero de ahí a agarrarnos a ese régimen con uñas y dientes va un trecho.
También resulta igualmente delusorio el largo recorrido de algunos para llegar a postulados de sociología situacionista y anarquista, como esa “supresión del vínculo social” o esa aniquilación de las “diferencias” bajo el imperio del Mercado. Hace treinta años que sociólogos y escritores libertarios anuncian estos síntomas con mejores palabras. Pueden leer buena literatura al respecto en los archivos de la IS o en los brillantes libros que Pepitas ha publicado a M. Amorós o Alessi Dell’Umbria. Por lo menos, en todos estos textos que les recomiendo desde lo más hondo de mi ser, no tiene uno que aguantar este adoctrinamiento proestatal lleno de matices y salvedades hacia las formas de dominación con las que nos gobiernan los de Arriba.



