Dentro de lo esperpéntico de los sucesos espectaculares, hace gracia que siempre que se acerque un micrófono al vecino de un presunto terrorista, de un presunto maltratador o de un presunto homicida, se repitan invariablemente los siguientes tres argumentos:
1.-
“Era un tipo normal… pero tenía algo… no se dejaba ver mucho, era bastante misterioso.”Creo que esta afirmación retrata perfectamente al 80% de los tipos que habitan bloques de viviendas en una ciudad cualquiera. Seres encerrados en si mismos, con problemas de adicción y de depresión, con horarios extraños y biorritmos alterados. La mayoría, vaya. Lo que se demuestra generalmente con esta expresión es que el vecino no ha sabido atinar ninguna circunstancia sobre la que establecer una sospecha plausible y que, precisamente por ello, apela a una posible "turbiedad" en el semblante del inculpado. Se trata de la misma estrategia que emplean los padres para desaprobar a los novios de sus hijas cuando no encuentran nada a lo que agarrarse: “ese chico tiene algo raro…”. Y claro que lo tiene: arrastra su sombra bajo un prejuicio enorme.
2.-
“No nos lo esperábamos… la verdad es que ha sido un shock enorme“ (pronúnciese
soc).
En general, la vida en comunidad tiene eso: la gente se saluda, se odia, se admira, canta, se emborracha y se enamora… pero la aniquilación de ciudadanos es, hasta donde puedo atestiguar, un acto esporádico y desesperado. Convendré en esta ocasión con los entrevistados ocasionales, esos vecinos sorprendidos, que yo también me alertaría al enterarme que mi vecino ha troceado a su suegra y la ha guardado congelada en tuppers con etiquetas DiMo en las que se lee la pieza y la fecha de envasado. Es más, hasta puede que realizase algún juicio de valor como "hay que ver" o incluso "madredediós".
3.-
“Hombre… sabíamos que tenían problemas pero yo no puedo decir que la maltratase antes”.
Este es el argumento que mejor consigue sulfurarme. Primero, porque si uno no está meridianamente seguro no puede especular, ni siquiera negativamente, sobre acontecimientos tan graves. Segundo, porque si a uno le preguntan por una persona y una circunstancia las cuales desconoce, responder negando una atrocidad ignota (sobre la que, si uno se detiene a escuchar, no le han preguntado) no es precisamente la mejor forma de preservar la presunción de inocencia.
Si yo opinase sobre un político “que yo sepa, no ha planificado ninguna forma de eugenesia” o si dijese de un cura “tranquilícense, hasta donde puedo contar, no viola a los monaguillos” estaría, de forma inmediata, levantando una sospecha sobre ellos. Imaginen el recurso aplicado a la vida cotidiana: “¿Que qué pienso de Alberto? Pues no sé que decirte: según me han contado, Alberto no hace sacrificios humanos a Okamboá”.
Y sobre ustedes: no tengo constancia que sean nazis.
En el caso de los vulgarmente conocidos como “terroristas”, protagonistas de las narraciones más espectaculares de todas, el
argumentario de perplejidad se amplía a un par de expresiones más:
4. -
“Parecían personas normales. Venían con la compra, salían pronto por la mañana… no sé”.
Ante esto, cabe realizar algunas aclaraciones: primero, que pese a su peso como institución constitutiva de la Realidad, comprar no es un signo de normalidad (es simplemente un hecho habitual); segundo, que los terroristas, a simple vista, son personas perfectamente normales por cuanto no poseen signos externos distintivos (al igual que uno no puede distinguir así a la brava, si acaso por el nudo de la corbata, a un inversor inmobiliario de un votante de Izquierda Unida). Lo segundo, es que los “terroristas”, por lo general, son mamíferos y engullen alimentos, por lo que uno puede verlos en distintas ciudades adquiriendo fruta, verdura e incluso pizzas congeladas. Que se sepa, no hay alimentos específicos para la gente mala ni bolsas de compra que delaten o indiquen intencionalidad. Y, en contra de la creencia común, los terroristas suelen pagar en los supermercados. De lo contrario, imaginen los titulares de El Mundo (“Josu Ternera no se arrepiente y roba en el Dia de Getaria” o “A. Otegui, miembro de ETA y acusado de hurto”). Frente a esta falsa sospecha compartida por la mayoría, debo desmentir rotundamente que quien realice un tipo penal calificado con la pena máxima se vea forzado en su vida cotidiana -como en una especie de condena metafísica- a realizar también todos los otros tipos penales por debajo. En otras palabras: que quien mata a diez no tiene porqué conducir temerariamente, provocar un pequeño incendio o malversar fondos en un ayuntamiento. De hecho, es todo lo contrario: seguro que hay quien colabora con
interpón osfam y por otro lado asesina a un concejal de un machetazo. Que por otro lado, no me extraña.
5. -
“Nos dijeron que eran representantes comerciales…”.
Aquí cabe aclarar, antes de seguir con las dilucidaciones y con el fin de preservar la paz social, que no todos los representantes comerciales son en realidad terroristas. Hay algunos que de verdad se dedican a ofrecer inutilidades de pueblo en pueblo y no tienen otro fin que el estrictamente mercantil. Cuesta de creer, lo sé, pero es así.
Por lo demás, no veo donde puede estar la sorpresa que deviene después noticia y titular: cómo va a decir un terrorista que ha llegado a una pequeña localidad del sur de Francia a aterrorizar a su población y sembrar el caos, cuando además es mentira. De otro modo y atendiendo a miedos más españoles, no llegan de un comando itinerante a Fuenlabrada proclamando la firme intención de quebrar el Estado de Derecho y violar la Constitución. Unas veces son representantes comerciales y otras Consultores en Gestión del Cambio (esta es una tapadera más astuta, puesto que nadie sabe a que se dedica un Consultor en Gestión del Cambio y además, nadie se atreve a preguntar en qué consiste su trabajo so pena de parecer socialmente obsoleto). En cualquier caso, sospechen de quien se les presenta directamente de la siguiente manera:
-Buenas, soy Koldo, su nuevo vecino, etarra de segunda generación y delegado territorial del aparato logístico.